El pequeño Marco era hijo único, vivía en una granja a las afueras de un pueblo al norte de la isla, era un niño menudo, de piernas flacas y estatura más bien pequeña. Le
gustaba jugar con los animales de la casa y tenía un chivito como mascota con
el que pasaba largas horas distraído, prácticamente ajeno al mundo.
Sus padres lo adoraban, era su primer y hasta entonces, único descendiente pero, una oportunidad laboral les
apartaría de él durante algún tiempo, pues debían marcharse a Europa en busca de un futuro mejor y Marco
tendría que quedarse con sus abuelos hasta que la situación se normalizara y
pudieran reunirse de nuevo.
El pequeño sólo tenía cinco años cuando se mudó a casa de sus abuelos maternos y, al
llegar allí, con su maleta y su inseparable chivo descubrió que ahora
compartiría su vida también con cuatro de sus primos, dos de sus tíos, un amigo
de la familia, los abuelos, el guardia de la finca, tres trabajadores que
ocupaban la casita contigua, una docena de caballos, vacas, gallinas… Al
principio se asustó y lloró varias noches por la marcha de sus papás pero
pronto se acostumbró a su nuevo hogar y a compartir cada día con todos los habitantes de
aquella casa de locos.
Marco se convirtió en un muchachito de pocas palabras pero muy travieso, su abuela se pasaba el día con la escoba en la mano corriendo detrás de la
cuadrilla de incansables nietos y lanzando zapatillas mientras ellos se
divertían haciendo rabiar a la pobre mujer.
Pasó algo más de un año hasta que el padre regresó a buscarlo, ya estaban situados en el
viejo continente y todo listo para que Marco volviera con ellos. Para el chico, despedirse de
la familia, los primos, los juegos, el campo y de Julián, el chivo, fue duro de nuevo pero la ilusión de reencontrarse con mamá después de tanto
tiempo era mucho más grande y superaba cualquier otra cosa.
Europa era tan diferente de todo lo que había visto hasta entonces… Al bajar del avión, padre e hijo
cogidos de la mano, recorrieron la pasarela y llegaron hasta el edificio del gigantesco
aeropuerto, gente, gente, maletas y más gente les rodeaban por todas partes y Marco, casi mareado, se sentó en el suelo a esperar que llegara su equipaje. Después
tomaron un taxi que les llevaría hasta su nuevo hogar, por el camino el chico
miraba por la ventanilla todo lo que la velocidad del coche le permitía
visualizar a su paso, sin apenas escuchar lo que el padre le iba contando.
Llegaron a casa, un chalet modesto en la montaña que en cierto modo, después
del bullicio de la ciudad, le recordaba a su antigua casa y allí, impaciente, esperaba su madre para abrazarlo y recuperar el tiempo perdido.
Las primeras semanas fueron emocionantes, todavía era verano, volvían a
estar los tres juntos y el pequeño tenía tantas cosas por descubrir… Pero pronto debería
ir a la escuela que sus padres eligieron para él y entonces todo cambiaría.
El primer día de colegio estrenó la ropa que su madre había comprado para la ocasión, por la mañana, Elena fue a despertarlo cuando ya tenía el desayuno preparado y se sentaron juntos en
la cocina a saborear unas deliciosas tortitas y zumo de naranja recién
exprimido. Mamá parecía nerviosa pero él estaba emocionado por conocer a sus
compañeros imaginando que todo sería perfecto.
Cuando llegaron ante la verja del centro Marco, sin apenas despedirse, corrió por el patio de la escuela agarrando con fuerza las asas de su mochila cargada de libros y cuadernos por estrenar hasta encontrar su curso. La maestra le presentó cuando todos los chicos entraron al aula, era el
único “nuevo” de la clase aquel año y al decir su nombre, se oyó un murmullo generalizado
camuflado entre risas, Marco también sonrió y volvió a su pupitre. A la
hora del recreo un chico, callado, regordete y con gafas se sentó a su
lado, los dos en un banco bajo la sombra de un platanero, engulleron, cada uno su
bocadillo sin mediar palabra. Fue un día muy largo pero por fin llegó la hora
de salir, mamá le esperaba con cara expectante en la puerta y el pequeño esbozó
su mejor sonrisa para que su pobre madre, que lo había preparado todo con
cariño no tuviera la menor sospecha del frustrante día que había pasado.
Aquella noche, cuando Marco se metió en la cama rompió a llorar
desesperado, impotente, quería volver a su antigua casa, a su colegio, con sus
verdaderos compañeros… Aquella noche deseó con todas sus fuerzas no volver a
sentirse así, desplazado, ignorado, ninguneado… Deseó ser respetado y admirado
como los héroes de los libros que su padre le leía cada noche para conciliar el sueño.
Unos días después, su madre le dijo que había llegado el momento de empezar a regresar solo de la escuela,
que ya era mayor y que ella tenía que trabajar por lo que no podría ir todas las
tardes a buscarlo.
En la escuela, todo seguía igual, los chicos sólo le prestaban atención
para hacerle burla a excepción del niño regordete de las gafas. Esta situación cada
vez le resultaba más insoportable, la impotencia y, al mismo tiempo, aparente indiferencia crecían
a la misma velocidad que su rabia hasta que, una tarde, a la salida, un
muchacho le dirigió unas terribles palabras en tono burlesco, Marco se giró y
con la cara casi desfigurada, se dirigió hacia el chico, que era dos cursos
mayor y le sacaba casi dos palmos, le empujó y el “mastodonte”, cayó al
suelo aturdido entonces el pequeño aprovechó para abalanzarse sobre él y cargar
el puño, todo quedó en un absoluto silencio y el tiempo pareció detenerse
cuando, por alguna extraña razón, algo pasó por la mente de Marco que lo hizo
reaccionar y echó a correr hacia no se sabe dónde. Corrió y corrió hasta perder
prácticamente el aliento y cuando se quiso dar cuenta estaba en medio del
bosque, tendido sobre la tierra, abatido sin saber muy bien que acababa de
pasar.

Cuenta la historia que algo inexplicable ocurrió aquella tarde en el bosque, pero a partir de aquel suceso, sus deseos se hicieron realidad y, como un escudo, desde aquel día todo cambió,
algo lo protegía y nunca más se sintió solo ni indefenso. Una fuerza invisible,
a los ojos de un niño de siete años, lo acompañaría el resto de su vida.
* Para los curiosos, podéis ver cómo continua las historia en EL ESCUDO. Parte II
Un final con tintes extraordinarios. Pobre Marco, se sentía muy solo, muy discriminado y desplazado. Yo creo que lo que vio en el bosque no era una fuerza oscura sino su propio ángel de la guarda.
ResponderEliminarSaludos
;)
Así es Ana, el final está abierto a distintas interpretaciones, cada uno lo enfocará según su criterio pero la cuestión es que si deseamos algo con empeño y caminamos en esa dirección somos capaces de cambiar nuestra realidad.
EliminarUn abrazo y gracias por tu comentario!
¡¡¡Hola Norita!!! ¿cómo estás?. Me ha encantado mucho el final de tu novela, te felicito. es una novela muy interesante, profunda con toques muy interesantes, maravillosos y excelentes. Aquí en el blog te dejo un regalo tanto para vos como para todo tu querido blog como en sí también para todo tu querido y gran país :). querida y gran estimada amiga :). http://wwwnicowriter-nicolas.blogspot.com.ar/2014/04/dedicatoria-para-mynorita-cris.html
ResponderEliminarNico :).
De nuevo muchísimas gracias por tu dedicatoria y por estar siempre ahí, detrás de cada nueva publicación.
EliminarUn abrazo amigo
A veces algo cambia, no sabemos el qué,
ResponderEliminarpero hace que seamos capaces de afrontar lo que venga...
El mundo es el que es...y no podemos cambiarlo,
podemos cambiarnos a nosotros mismos y ser más valientes.
Un petonassssss My darling NOrita!!!
muaaaaaaaaa
Lo hemos hablado muchas veces, el cambio está en nuestras manos aunque a veces pasan cosas extrañas, como le ocurre a Marco o quizás tienes razón y él mismo transformó su realidad... eso lo dejo a la imaginación de cada cual.
EliminarGracias como siempre por tu comentario, sabes cuánto lo valoro!
Besitos mil!!!
PD: Me ha encantado lo de My darling (jijijiji)