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sábado, 16 de enero de 2016

VIDAS CON FECHA DE CADUCIDAD



¿Recordáis cuando las cosas eran para siempre? Cuando nuestros padres, o nosotros mismos, nos enamorábamos perdidamente pero hasta el infinito? Cuando la gente daba el si quiero hasta que la muerte les separaba? Cuando comprábamos casas para vivir por el resto de nuestra vida? Cuando un contrato laboral indefinido era indefinido? Cuando la gente se jubilaba tras dar toda su vida a una misma empresa y a su patrón?


¿Me estaré haciendo mayor al plantearme esto? Quizás si... Lo cierto es que en algunos aspectos el que las cosas "caduquen" ha sido toda una evolución pero en otras... más valdría que las hubiéramos dejado como estaban. 

El mundo ha cambiado, la gente ha cambiado, ya nada es eterno, ni lo que tienes, ni lo que pierdes, ni tan solo lo que sientes pero, ¿Eso es bueno? A veces tengo la sensación de que el hecho de que todo sea, en cierto modo, efímero, le resta valor o por lo menos, ya no tiene el valor que tenía antes y si no, recuerda la primera vez que te despidieron de un trabajo o la primera vez que se te rompió una relación. Cada cual lo supera a su manera y cada uno lo encajamos como buenamente podemos pero cada vez se lleva mejor, o no? El asimilar que todo tiene fecha de caducidad, nos hace ver las cosas de otro modo y no tomárnoslo tan a pecho.

Otro ejemplo es el tema de la vivienda, comprarse un pisito como garantía de que nunca más tendríamos problemas económicos, dejó de tener gracia cuando tu casa no iba a ser tuya hasta pasados treinta o cuarenta años y mientras tanto, siempre que no dejaras de pagar, el banco te dejaba vivir el ella. Sin contar que eso suponía no cambiar jamás de barrio, ni de vecinos, ni de ciudad evitando así el "trauma" de afrontarse al miedo de lo desconocido, de adaptarse a otro lugar, a otra gente, a otra cultura... Visto así, que más le da a uno "alquilarle" el hogar al director de la oficina o a un casero particular, es más, buscando las ventajas, éste último hasta te deja marcharte, como aquel que dice, cuando te de la gana sin reclamarte nada, mientras que el otro, te exprimirá sea cual sea tu situación a lo largo de tu vida, sin perdonarte ni un centavo hasta que pagues hasta el último euro que valga tu casa y un poco más... 

A veces no es, ni siquiera una decisión propia y las circunstancias te llevan a cambios, yo misma, que fui una niña que viví y crecí con bases firmes y creí en los valores tradicionales de la España de la transición, a mis casi 35, intenté llevar una vida como la de mis padres pero no funcionó ni el primer trabajo, ni el matrimonio, ni muchas de las amistades de colegio, cambié de pareja, de casa, de forma de pensar, muchas veces, y aquí sigo buscando mi lugar, aprendiendo de cada experiencia hasta encontrar el lugar definitivo donde asentarme. Sé que a muchos de mi generación si les resultó y el primer camino que tomaron fue el correcto, se adaptaron al modelo "normal" pero a mucho otros no, puede que sea cuestión de suerte, o de inconformidad, no lo se... 

La sociedad moderna, en general evoluciona hacia lo nómada en búsqueda de oportunidades, de experiencias, nos abre a un mundo más global pero, ¿se cobrará algo a cambio esta transformación de muchos de los hombres y mujeres de hoy? ¿Realmente así lograremos sentirnos libres? ¿Pierde por este camino el ser humano valores como el del amor o la familia? Sea como sea, no hay vuelta atrás así que, asumamos con optimismo que, como la vida misma, todo viene con fecha de caducidad por lo que si quieres vivir intensamente disfruta cada momento y si algo no piensas perder hoy, aférrate a ello porque mañana, tal vez, ya haya caducado.




jueves, 19 de febrero de 2015

CÓMO CONVERTIRSE EN UN ADULTO SIN MORIR EN EL INTENTO

 
 
¿Recuerdas aquella época en que el mundo conspiraba contra ti? ¿Cuándo nadie parecía comprenderte? ¿Aquellos días en que te emocionabas pensando ilusionado en qué harías al salir de la escuela y después todo se torcía? ¿Cuándo tus padres querían amargarte castigándote sin ir a la excursión que habías planeado con los chicos para el fin de semana? ¿Cuándo todo era una fiesta y, de repente solo querías encerrarte en tu cuarto?
 
Algunos pensaréis, "¡¡ si justo ayer!!" y es que todos conservamos algo de adolescentes, unos más a la vista y otros un poco más escondido pero no me refiero a eso, os hablo de la edad en que ya te sientes mayor, y lo eres, aunque los mayores no quieran acabar de aceptarlo pero todavía no eres consciente de que queda muchísimo por aprender para enfrentarte solo a la jungla que supondrá en adelante tu existencia.
 
Muchos guardamos estas percepciones como recuerdos que revivimos al tener hijos, sobrinos, cuñados menores... pasando por ese trago. Lo cierto es que la situación no es fácil de afrontar porque el inevitable instinto de protección distorsiona, en cierto modo, nuestra memoria que, por otro lado, no debe influenciarnos más que lo justo a la hora de educar puesto que cada persona es distinta y los tiempos cambian.
 
A menudo nos cuesta empatizar con el prójimo y, aunque desde nuestro punto de vista, no veamos el
problema como tal, para el que lo vive si es importante y no sólo eso, si tomamos la vía de quitarle toda la importancia, puede agravar la situación potenciando el sentimiento de incomprensión . Además, a ciertas edades, nos encontramos en un punto de inflexión en el que podemos, inconsciente y contrario a nuestros deseos, empujar al joven a un camino equivocado. En general, las personas, pasamos por momentos en que la falta de atención o del cariño que reclamamos nos puede conducir a acercarnos a personas poco apropiadas, sobretodo a determinadas edades y, sin ser protectores en exceso, los padres, tíos, hermanos o tutores debemos evitarlo pues nos encontramos en la etapa en la que el niño deja de serlo y se está forjando definitivamente como adulto, pero, ¿CÓMO? No soy nadie para dar lecciones pero si se lo importante que es el diálogo y la comunicación. Hay que escuchar, ponerse en el lugar del otro y entender.
 
Vivimos en un tiempo en que los adultos estamos constantemente estresados, sumidos en el trabajo, en nuestras preocupaciones y, a veces, sin darnos cuenta, descuidamos cosas muy importantes. Es bueno que nuestros hijos puedan ir a buen colegio, que coman bien, que lleven buena ropa pero también es muy importante que sepan cuánto hay que luchar para que ellos tengan todo eso y nosotros, desde nuestra perspectiva, no debemos perder de vista que ellos también tienen sus conflictos.
 
En los últimos años he observado que nuestra sociedad ha creado "monstruitos malcriados y exigentes" por la comodidad de sus padres, es posible, pero mucho cuidado con esto porque la permisibilidad en exceso o contrariamente la falta de atención puede tener consecuencias muy graves y con difícil boleto de retorno.
 
Quiero pensar que todos los padres adoran a sus hijos y darían su vida por ellos así que, hagamos el esfuerzo de comunicarnos y transmitirles nuestro amor para que sepan cuánto les queremos y forjemos un futuro lleno de hombres y mujeres sensatos y honestos.
 
Por otro lado y ya para acabar, si alguno de los lectores del BLOG DE MYNORITA, os encontráis en una situación delicada en que os sentís incomprendidos pensar que, vuestros padres, hermanos o tíos a su modo, hacen las cosas lo mejor que pueden pensando siempre en vuestro bien, que no podéis olvidar eso porque la vida siempre os presentará dificultades pero, en los momentos buenos y sobretodo en los no tan buenos, ellos siempre estarán ahí.
 
 
 
 
 

miércoles, 29 de octubre de 2014

MI ÚLTIMA CARTA




MI ÚLTIMA CARTA, acerté leer en un viejo cuaderno cubierto de polvo y telarañas, la tarde que me armé de valor para entrar al desván y poner un poco de orden entre todos los trastos que se acumulaban, recuerdos y descuidos de, imagino varios de los inquilinos que habían habitado anteriormente la casa.

Decidí empezar por uno de los extremos del destartalado cuarto, sufriendo el bochornoso y denso aire que se respiraba bajo un techo de madera carcomida, cuando a la altura de mi cabeza descubrí un hueco entre la pared y una de las bigas del tejado y allí, como camuflado entre cientos de cosas estaba el cuaderno, algo me empujó a interesarme por él, quedaban los restos de decenas de páginas arrancadas y en la primera hoja entera, escrito con una delicada y redondeada letra, en mayúsculas: MI ÚLTIMA CARTA.

Creo que me olvidé por completo de lo que allí había ido a hacer y me senté en el suelo, curiosa, a leer lo que venía a continuación:

"Estoy convencida que esta será mi última oportunidad para que alguien sepa qué fue de mi, aunque nadie acierte adivinar quien soy en realidad, seguramente eso ya de nada importe." 

Las dos primera líneas me cautivaron y, aún sabiendo que quizás invadía la intimidad de aquella mujer, no pude evitar proseguir con la lectura, autoconvenciéndome de que si ahora ésta era mi casa y alguien había olvidado sus cosas allí, en cierto modo me pertenecían.

"Sé que será inevitable que esto suceda una y otra vez, hasta el fin de la existencia del hombre, y de la mujer, pero aún así me gustaría que las muchachitas de mi país, y de tantos otros, conocieran mi historia y no cometieran el mismo error que cometí siendo tan solo una niña. Posiblemente de nada sirva éste, que me temo será mi último escrito. Quizás algunas estamos predestinadas a vivir semejante infierno... al fin y al cabo, me siento una estúpida, pues no es de hoy que descubrí a quién le confié mi vida y, lo que es peor, la vida de mis pequeños. Estoy abatida pero sobretodo, furiosa conmigo misma.
Recuerdo como si fuera ayer, la primera vez que apareció con su lujoso carro en la escuela, era como los galanes de las novelas, guapo, fuerte, tan elegante... tal vez el único pasaje hacia una vida mejor, pensé. Mi papá abandonó a mi mamá poco después de mi quinto cumpleaños y los pocos ingresos de mamá no alcanzaban para casi nada... solíamos compartir un pedazo de pan con mis hermanos para no irnos a la cama sin probar bocado. Cuando empecé a ir al liceo, vi una salida acompañando a algunos señores a fiestas y dejando que me hicieran algunas cosas de las que hoy no se si me avergüenzo, aunque si me producen lástima pues pronto, supe que no me gustaba hacer eso que a menudo se convertía en nuestro único modo de subsistencia.
El señor Conde venía a la escuela todos los viernes, solía aparecer con su chofer y marchaba con un par de chicas de cursos superiores. Se rumoreaba sobre las intenciones del señor pero yo no hacía caso a habladurías, a mi me parecía un caballero y las muchachas parecían contentas, el señor Conde les había comprado vestidos, zapatos nuevos e incluso alguna joya muy brillante!
El día que me recogió cuando volvía a casa pensé que por fin me tocaba a mí y supe que aquel día cambiaría mi vida. Era tan apuesto de cerca... A partir de entonces me acompañó a casa todos los días, me hacía regalos, me traía flores e, inevitablemente, a mis tiernos dieciséis me enamoré de él, veinte años mayor que yo."

La lectura me tenía cada vez más atrapada, como en una novela de las buenas. La luz era cada vez más tenue y caí en la cuenta de que debía bajar a la casa con mi familia. Guardé el cuaderno, envuelto en un pedazo de trapo y volví a guardarlo bajo la misma biga en la que lo encontré.

Al día siguiente, y durante todas las tardes de aquella semana, volví al desván como si de una cita con aquella misteriosa mujer se tratara. 

" A principios de verano, un mes después de que cruzáramos las primeras palabras me propuso irme con él a los Estados Unidos, pues tenía unos negocios y me aseguró que allí podríamos construir una vida juntos, lejos de habladurías y donde me prometió darme todo lo que deseara. No negaré que no dudé más que unos minutos por la tristeza de abandonar mi familia pero la juventud y el deseo de pasar cada segundo a su lado, colmada de amor y caprichos me empujaron, visto desde la madurez de hoy, a cometer el mayor error de mi vida.
A la llegada al nuevo continente, pronto las cosas dejaron de ser exactamente como las imaginé pero me repetía, para aliviar mi tristeza, que estaba ocupado y que hacía lo que podía... Me castigaría a mi misma, por ilusa, cada vez que recuerdo el día que bajé al salón y le encontré casi en cueros y embriagado , tomando vino con dos jóvenes americanas. Aquella noche, preparé de nuevo mi maleta dispuesta a regresar de vuelta a casa sin saber cómo, sin un centavo en el bolsillo pero me detuvo, me pidió mil veces perdón y me propuso matrimonio. Le creí como una tonta y acepté.
Durante unos meses volvió a ser el señor Conde que me robó el sueño durante tantas madrugadas e hizo realidad mi particular cuento de hadas. Puso a mi disposición maestros y asesores para, según él, convertirme en una dama. Realmente, aquel tiempo creí que todo había cambiado, viajes, joyas, fiestas y lujos me alejaron día a día de la realidad, hasta que una madrugada, durante las vacaciones del 86, mientras dormíamos en un precioso velero que recién había comprado, la policía irrumpió, registraron cada rincón del barco y enmanillados, nos montaron en distintos coches. Pasé unas horas horribles, en la comisaría, sin tener ni idea de lo que estaba pasando y, en la misma ignorancia viví durante mucho tiempo, pues tras unas horas retenida, Manuel, el chófer, visiblemente desaliñado y con barba de varios días, vino a buscarme, me acompañó al aeropuerto y entregándome un pasaje de ida, me ordenó que volviera a casa con mi familia y me recomendó que no hablara con nadie de lo que había pasado ni dónde había estado.
Pasaron dos años hasta que no volví a saber de mi, casi desconocido marido. Dos años en los que recordé qué era vivir, volví a cantar por las mañanas, a respirar el cálido soplido de la brisa de mi pueblo , volví a ser dueña de mis decisiones, volví a la libertad, una libertad sencilla, sin lujos pero mía. El reencuentro con mis hermanos y mi mamá, conocer a mis sobrinos, fue el regalo más grande que me habían hecho en mucho tiempo. Una noche, andaba sola por la avenida principal cuando un  carro con vidrios ahumados paró a mi lado, se abrió la puerta y allí estaba de nuevo el hombre con el que me casé! Recuerdo como el corazón me dio un brinco, confundido entre la sorpresa y el miedo. Me había hecho la idea de no volver a verlo, de seguir con mi humilde y tranquila vida pero, al cruzarse mi mirada con la suya supe, a pesar de todo, de sus turbios negocios, de mi desconocimiento... que seguía amándolo, que algo me unía a él y no podía dejarlo marchar.
Volvimos a los Estados Unidos, a otro condado, a una casa algo más modesta pero de nuevo juntos. Nueve meses después nació mi hijo mayor. Poco a poco Ignacio creó un nuevo imperio y yo, centrada en mi pequeño, me hice como si nada supiera, como si nada hubiera pasado e intenté adaptarme a las circunstancias, haciendo oídos sordos con tal de mantener mi familia unida. Él seguía con sus empresas, sus viajes y sus salidas injustificables pero pensando en que mi hijo jamás tuviera que pasar por las penurias que yo pasé callé y soporté todo lo hizo falta.
Transcurrieron varios años hasta que me acostumbré a pasar largas temporadas sola, con mi niñito y el servicio, me fui habituando a vivir sin él excepto cuando venía de visita, se convirtió en un extraño que reclamaba una esposa los días que pasaba en casa. Intenté cumplir con las que, consideré que eran mis obligaciones siempre que regresaba y fruto de ello, nacieron mis otros dos hijos, lo mejor que he tenido.
Con el tiempo y las, cada vez más frecuentes y largas ausencias, de algún modo me hice fuerte y aún siguiendo inexplicablemente enamorada o enganchada a él, no lo sé... era cada vez más consciente de que a pesar de que, materialmente tenía todo lo que cualquiera desearía, me sentía vacía. A la vuelta de uno de sus viajes le expliqué cómo me sentía y creyó que montar un negocio para mí me animaría, pronto me ilusioné con el nuevo proyecto y, como no podía ser de otro modo, gastó miles y miles de dólares para que todo fuera a mi gusto. Por aquel entonces, quise creer que convertir mi sueño de tener una pastelería en realidad, me mostraba lo mucho que aún me amaba, hoy estoy segura que era una artimaña para mantenerme ocupada, callada y quién sabe si también para blanquear el dinero de sus sucios negocios.
Salir a la calle, conocer a otras personas, gente nueva fuera del circulo de sus amistades y colegas me hizo descubrir otra realidad, me acercó a mujeres de mi tiempo, mujeres que vivían en una realidad muy alejada de mi "prisión de oro y brillantes".

Había perdido la cuenta del tiempo que había pasado desde la última vez que se marchó, cuando recibí la llamada de uno de sus hombres de confianza. Algo muy grave debía pasar para que contactara conmigo a aquellas horas de la madrugada... Tomamos café a primera hora de la mañana y me contó que, mi marido llevaba una doble vida, que tenía mujer e hijos en Florida. No sé si me importó demasiado, aunque no fue agradable escuchar la historia, al fin y al cabo, estaba acostumbrada a estar prácticamente sola con mis hijos pero, tengo que reconocer que si fue lo que despertó mi deseo de saber con quién realmente me había casado y ahí se abrió la caja de pandora... ojalá hubiera dejado todo tal y como estaba, ojalá nunca me hubiera casado con él, ojalá jamás le hubiera conocido!!
Encontré de todo tipo de asuntos turbios, armas, drogas, timos... y mucho mucho dinero, cuanto más indagaba, peores cosas encontraba pero lo que realmente me asustó fue ver mi nombre en numerosos documentos, el suyo, no aparecía prácticamente en ninguna parte. Quise correr a la policía pero sentí terror de pensar en la idea que me separaran de mis hijos así que decidí recoger todo lo que pudiera i huir con mis pequeños. Pensé en volver a mi pueblo pero sabía que sería el primer sitio al que acudiría a buscarme así que pensé en ir dirección a Canadá. La aventura duró tan solo unas semanas porque los contactos y el poder del "señor" Conde alcanzaban mucho más allá de lo que podía imaginar... Se llevó a mis hijos y yo tengo más de dos semanas en este desván, acabé una jarra con un poco de agua que encontré en este oscuro y polvoriento  cuarto, lo único que he podido ingerir y por más que grito, no acude nadie, ni siquiera oigo más que algún pajarillo... ya no me alcanzan las fuerzas para más que escribir estas líneas y rezar para que mis hijos no corran la misma suerte.
Si algún día esta carta fuera leída por alguien, si alguien lograra, algún día acertar quién son mis hijos, mi mamá, mis hermanos... sólo díganles que lo siento y que los amo."

No sabría decir el tiempo que pasó hasta que puede articular un solo músculo, las lágrimas resbalaban desconsoladas por mis mejillas ante la triste historia de una mujer desconocida que por superarse, por dar a sus hijos una buena vida, siguió al hombre equivocado y perdió la suya... Únicamente retumbaba en mi cabeza la idea de que algo debía hacer y, desde entonces, intento encontrar a una familia a la que entregarle el mensaje del remitente de SU ÚLTIMA CARTA.



martes, 29 de abril de 2014

EL ESCUDO



El pequeño Marco era hijo único, vivía en una granja a las afueras de un pueblo al norte de la isla, era un niño menudo, de piernas flacas y estatura más bien pequeña. Le gustaba jugar con los animales de la casa y tenía un chivito como mascota con el que pasaba largas horas distraído, prácticamente ajeno al mundo.
Sus padres lo adoraban, era su primer y hasta entonces, único descendiente pero, una oportunidad laboral les apartaría de él durante algún tiempo, pues debían marcharse a Europa en busca de un futuro mejor y Marco tendría que quedarse con sus abuelos hasta que la situación se normalizara y pudieran reunirse de nuevo.

El pequeño sólo tenía cinco años cuando se mudó a casa de sus abuelos maternos y, al llegar allí, con su maleta y su inseparable chivo descubrió que ahora compartiría su vida también con cuatro de sus primos, dos de sus tíos, un amigo de la familia, los abuelos, el guardia de la finca, tres trabajadores que ocupaban la casita contigua, una docena de caballos, vacas, gallinas… Al principio se asustó y lloró varias noches por la marcha de sus papás pero pronto se acostumbró a su nuevo hogar y a compartir cada día con todos los habitantes de aquella casa de locos.

Marco se convirtió en un muchachito de pocas palabras pero muy travieso, su abuela se pasaba el día con la escoba en la mano corriendo detrás de la cuadrilla de incansables nietos y lanzando zapatillas mientras ellos se divertían haciendo rabiar a la pobre mujer.

Pasó algo más de un año hasta que el padre regresó a buscarlo, ya estaban situados en el viejo continente y todo listo para que Marco volviera con ellos. Para el chico, despedirse de la familia, los primos, los juegos, el campo y de Julián, el chivo, fue duro de nuevo pero la ilusión de reencontrarse con mamá después de tanto tiempo era mucho más grande y superaba cualquier otra cosa.


Europa era tan diferente de todo lo que había visto hasta entonces… Al bajar del avión, padre e hijo cogidos de la mano, recorrieron la pasarela y llegaron hasta el edificio del gigantesco aeropuerto, gente, gente, maletas y más gente les rodeaban por todas partes y Marco, casi mareado, se sentó en el suelo a esperar que llegara su equipaje. Después tomaron un taxi que les llevaría hasta su nuevo hogar, por el camino el chico miraba por la ventanilla todo lo que la velocidad del coche le permitía visualizar a su paso, sin apenas escuchar lo que el padre le iba contando.

Llegaron a casa, un chalet modesto en la montaña que en cierto modo, después del bullicio de la ciudad, le recordaba a su antigua casa y allí, impaciente, esperaba su madre para abrazarlo y recuperar el tiempo perdido.

Las primeras semanas fueron emocionantes, todavía era verano, volvían a estar los tres juntos y el pequeño tenía tantas cosas por descubrir… Pero pronto debería ir a la escuela que sus padres eligieron para él y entonces todo cambiaría.

El primer día de colegio estrenó la ropa que su madre había comprado para la ocasión, por la mañana, Elena fue a despertarlo cuando ya tenía el desayuno preparado y se sentaron juntos en la cocina a saborear unas deliciosas tortitas y zumo de naranja recién exprimido. Mamá parecía nerviosa pero él estaba emocionado por conocer a sus compañeros imaginando que todo sería perfecto.

Cuando llegaron ante la verja del centro Marco, sin apenas despedirse, corrió por el patio de la escuela agarrando con fuerza las asas de su mochila cargada de libros y cuadernos por estrenar hasta encontrar su curso. La maestra le presentó cuando todos los chicos entraron al aula, era el único “nuevo” de la clase aquel año y al decir su nombre, se oyó un murmullo generalizado camuflado entre risas, Marco también sonrió y volvió a su pupitre. A la hora del recreo un chico,  callado, regordete y con gafas se sentó a su lado, los dos en un banco bajo la sombra de un platanero, engulleron, cada uno su bocadillo sin mediar palabra. Fue un día muy largo pero por fin llegó la hora de salir, mamá le esperaba con cara expectante en la puerta y el pequeño esbozó su mejor sonrisa para que su pobre madre, que lo había preparado todo con cariño no tuviera la menor sospecha del frustrante día que había pasado.

Aquella noche, cuando Marco se metió en la cama rompió a llorar desesperado, impotente, quería volver a su antigua casa, a su colegio, con sus verdaderos compañeros… Aquella noche deseó con todas sus fuerzas no volver a sentirse así, desplazado, ignorado, ninguneado… Deseó ser respetado y admirado como los héroes de los libros que su padre le leía cada noche para conciliar el sueño.


Unos días después, su madre le dijo que había llegado el momento de empezar a regresar solo de la escuela, que ya era mayor y que ella tenía que trabajar por lo que no podría ir todas las tardes a buscarlo.

En la escuela, todo seguía igual, los chicos sólo le prestaban atención para hacerle burla a excepción del niño regordete de las gafas. Esta situación cada vez le resultaba más insoportable, la impotencia y, al mismo tiempo, aparente indiferencia crecían a la misma velocidad que su rabia hasta que, una tarde, a la salida, un muchacho le dirigió unas terribles palabras en tono burlesco, Marco se giró y con la cara casi desfigurada, se dirigió hacia el chico, que era dos cursos mayor y le sacaba casi dos palmos, le empujó y el “mastodonte”, cayó al suelo aturdido entonces el pequeño aprovechó para abalanzarse sobre él y cargar el puño, todo quedó en un absoluto silencio y el tiempo pareció detenerse cuando, por alguna extraña razón, algo pasó por la mente de Marco que lo hizo reaccionar y echó a correr hacia no se sabe dónde. Corrió y corrió hasta perder prácticamente el aliento y cuando se quiso dar cuenta estaba en medio del bosque, tendido sobre la tierra, abatido sin saber muy bien que acababa de pasar.

Empezaba a oscurecer y se sentó, entonces vio una figura unos metros más allá, agazapada junto a una roca, parecía una mujer y al fijarse vio que vestía de un modo muy extraño, llevaba una especie de túnica negra con capucha. La miró fijamente durante unos segundos y descubrió que bajo la capucha no se veía ningún rostro, un escalofrío recorrió su espalda, el corazón le dio un tumbo y volvió a correr despavorido, sin mirar atrás hasta su casa.
Cuenta la historia que algo inexplicable ocurrió aquella tarde en el bosque, pero a partir de aquel suceso, sus deseos se hicieron realidad y, como un escudo, desde aquel día todo cambió, algo lo protegía y nunca más se sintió solo ni indefenso. Una fuerza invisible, a los ojos de un niño de siete años, lo acompañaría el resto de su vida.







Dedicado a todos aquellos que por su propio esfuerzo o cualquier otra razón, extraña o con explicación, encuentran la forma de reunir la fuerza y el valor para ser quien quieren ser por más difíciles que hayan sido sus vidas.




* Para los curiosos, podéis ver cómo continua las historia en EL ESCUDO. Parte II






lunes, 10 de marzo de 2014

CRÓNICA DE UNA DESPEDIDA








Era un lunes del mes de enero, María se levantó con el firme propósito de no decirle nada a su joven marido, de no hablarle de la decisión que acababa de tomar justo unas horas antes, después de muchos días de confusión dándole vueltas y vueltas a su ya aturdida cabecita, sobre qué sería mejor para los dos. Para sí misma se repetía:

- “Le daré sus cosas y me mantendré serena como si todo fuera a seguir igual”.

No quería que Pablo sufriera por verla triste, se había imaginado más de un millón de veces, durante aquel fin de semana, dándole el más sincero de sus gestos de amor  y  marchándose para siempre sin hacer ruido.

De camino a su encuentro, la joven hizo un ejercicio de autocontrol para que el corazón no se le saliera del pecho. Sólo penaba en concentrarse, en no mostrar su angustia e intentar  hacerle llegar todo lo que sentía por él en un abrazo que ninguno olvidaría nunca. Nada más, no le quedaban fuerzas para hacer nada más.

Todo salió según lo había planeado, aunque la despedida resultó fría como el hielo y no podía creer que todo fuera a acabar así pero, en medio de su encarecida lucha interna entre el corazón y la razón, con los latidos aún acelerados y  lágrimas de desconsuelo e impotencia desbordándose imparables sobre sus mejillas,  recordó que todavía tenía algo que darle y volvió.

De nuevo, frente a frente, el rostro abatido de Pablo le rompía el alma y con las manos aún temblando, un silencio se hizo en medio del tumulto de la calle, entonces María no pudo aguantar más, un nudo irrefrenable subía por su garganta y pronunció las palabras más dolorosas que jamás habían salido de su boca, con la voz entrecortada sonó:

- “Me parece que esto se acaba aquí, no puedo más. Te amo con todas mis fuerzas pero me temo que no puede ser”.

La cara de Pablo se entristeció más si cabía y ella, mirándolo a los ojos acarició su mejilla y selló sus labios con un beso de dolor contenido que duró tan solo un instante, se dio la vuelta y se fue.

Ella subió al coche, no miró atrás pero sentía la mirada fija de él mientras se alejaba, Pablo permaneció inmóvil plantado como en medio de la nada, hasta que la imagen de la mujer que más había amado se alejaba, hasta que se desdibujó al final de la avenida. En cierto modo María, sentía el alivio de darle un respiro a su sufrimiento mientras, destrozada se preguntaba si sería capaz de sobrellevar la situación, si había hecho lo correcto, si se arrepentiría el resto de su vida.

Se repetía interiormente, disimulando para que nadie supiera de su dolor, que sabía que pasarían más de mil lunas o quizás todas las lunas que le quedaran por ver hasta que llegara el día que no le extrañara, que dejara de llorar por él al recordarlo. “Veré más de mil lunas soñando con que todo ha cambiado, soñando con que vuelvas.” Se repetía.

Nunca antes había experimentado una angustia semejante, la angustia de amar y dejar ir, la angustia de alejarse sin querer apartarse.


Aquella mañana María se marchó sumida y desbordada por  la pena, se fue para no interferir en las metas de su querido Pablo, se fue para no convertirse en un obstáculo, antepuso los deseos de Pablo a los suyos propios, pero cuentan que nunca perdió la esperanza de que todo pudiera volver a cambiar algún día y la vida la recompensó por su honorable gesto. 



viernes, 31 de enero de 2014

LA LIBERTAD DE EQUIVOCARME


De niña, colgaba en la pared de mi habitación una foto de Charlot con una frase al pie:


ME GUSTAN MIS ERRORES
No quiero renunciar a la deliciosa libertad de equivocarme


Me gustaba por la imagen, aquel señor de bigote y sobrero me parecía divertido. Mi hermana y yo lo solíamos mirar y repetíamos las palabras de aquel tal Charles Chaplin sin entender muy bien su significado. Recuerdo que incluso lo colocamos en la nueva casa.
Del cuadro no se que se hizo pero la frase ha sido recurrente a lo largo de nuestras vidas.
De mayor he entendido muy bien mi cuadro de niñez. Todos nos equivocamos, incluso tropezamos repetidas veces con la misma piedra, caemos y nos volvemos a levantar y no pasa nada, siempre volveremos a caminar por más veces que caigamos.
Precisamente lo de tropezar con la misma piedra me hace bastante gracia, ya que soy de la opinión de los que piensan que no hay 2 piedras iguales y si las hubiera, lo que es seguro es que no van a estar en el mismo lugar, ni nosotros igual de atentos, siempre habrá algo distinto que hará que por mucho que la piedra se parezca a la anterior, nada será lo mismo.
Lo que quiero decir, es que cada momento, cada persona, cada circunstancia es diferente, no podemos juzgar a nada ni a nadie por nuestras experiencias anteriores y mucho menos las de otros por temor a equivocarnos.
Equivocarnos nos dará la oportunidad de acertar y en todo caso, sea como sea todos tenemos el derecho y la libertad de equivocarnos y a su vez de aprender.
Yo misma me he equivocado miles de veces, incluso hoy seguramente me haya equivocado y mañana volveré a hacerlo. ¿Y qué? Nadie nace enseñado, hay tantas cosas que aprender que sería imposible saberlo todo, ni lo sabremos nunca.

Errar, equivocarnos, aprender, nos hace grandes, nos hace libres.


domingo, 19 de enero de 2014

SE FUE SU MUSA

Se fue su musa, voló y con ella su inspiración.

Se dice que vagabundea por las calles, con la cabeza gacha, sumido en sus pensamientos buscando a su musa.

No se le ha vuelto a ver por el trabajo, pasa las tardes sentado en un café lápiz en mano y el papel sigue en blanco día tras día.

La soledad invade sus días y su vida se apaga,

¿Dónde estará su musa? La extraño yo también, necesito tu sonrisa, necesito tu mirada dos mesas más allá. Necesito leerte. Tu musa nos ha abandonado a ti y a mí.

Me gustaría sentarme junto a ti, en tu mesa en el café, en la mesa siempre, junto a la ventana.

Me gustaría decirte cuánto te necesito, cuánto bien me aporta tu papel lleno de frases, incoherentes para el mundo, pero no me atrevo y te observo de reojo rogando que vuelva tu musa.


Quizás mañana reúna el valor suficiente para hablarte, quizás mañana encuentre el camino de vuelva a tu musa…